© Copyright 2025 Jacinto Moros
Dibujar en el espacio
Texto catalogo exposicion Galeria May Moré, 2002
Francisco Carpio
¨La línea es la huella de un punto que no puede estarse quieto¨.
Efectivamente,
si
damos
por
buena
(¿
y
por
que
no
?
)
esta
gregueriana
definición
-tal
como
Ramón
nos
propone-
encontramos
que
el
punto
en
movimiento
engendra
líneas.
Un
punto,
más
o
menos
hiperactivo,
que
dibuja
en
su
ajetreado
correteo
por
el
plano
y/o
el
espacio
innumerables caminos y trayectos.
En
realidad,
sensu
stricto
,
la
línea
no
existe
en
la
naturaleza,
se
trata
únicamente
de
encuentros
-
en
algunos
casos
de
desencuentros-
y
confluencias
entre
planos.
Pero
eso
no
debe
importarnos
demasiado;
la
geometría
es
una
disciplina
lo
suficientemente
seria,
aburrida
y
razonable
como
para
que
nos
sintamos en el derecho de ignorarla.
Además, ya se sabe que a partir de Oscar Wilde la naturaleza imita al arte.
Yo
estoy
seguro
que
algunos
de
estos
pensamientos
se
venían
cociendo
en
el
magín
de
Jacinto
Moros cuando decidió empezar a dibujar -con líneas- en el espacio.
Lo
que
él
realmente
trata
de
hacer
con
sus
obras
es
levantar
acta
visual
del
trayecto
que
ese
punto
díscolo
e
inquieto
describe;
demostrar
que
la
naturaleza
está
equivocada
y
que
la
línea,
como un recorrido congelado
y
detenido,
puede
existir
si
en
verdad
nos
da
la
gana.
Como
un
prestidigitador
plástico
intenta
atrapar
con
materia
ese
móvil
itinerario,
ese
zig-zag
nervioso
y
dinámico
que
puede
ser
la
línea
en el aire.
En
la
génesis
de
sus
esculturas
percibimos
un
parentesco
ciertamente
próximo,
una
hermandad
de intenciones formales con la pintura y con el dibujo.
No es causalidad que Moros comenzara su trayectoria artística siendo pintor.
Así
estas
obras
son
como
dibujos
en
el
espacio,
como
pinceladas
de
color
que
se
revelaran
ante su destino bidimensional y anhelasen un cuerpo nuevo en 3-D
El poso dramático y torturado que habita en muchas de
estas piezas, y que sin embargo no impide que
desprendan un sabor lírico y armonioso, sin duda tiene
que ver con esta titánica pugna por crecer en el espacio
y escapar de la plan tiranía del plano. Piezas que son
también como anotaciones de un diario, como apuntes
de un cuaderno de bitácora que indicasen el rumbo a
seguir; cartografiados sobre el papel, y que acabaran
adquiriendo -literalmente- cuerpo tridimensional.
Un
cuerpo
que
se
mantiene
en
constante
estado
de
líquida
movilidad:
un
sólido
chorro
de
madera fluida que flota, se detiene y, de nuevo, sigue ascendiendo
desde la fuente del pedestal.
No
hay
líneas
rectas,
son
todos
caminos
y
recorridos
curvilíneos
por
las
calles
del
aire.
Encorvaduras, sinuosidades, revueltas, recodos, torsiones, meandros,
escorzos,
corcovos
y
alabeos.
Una
danza
vegetal
de
raices,
troncos
y
ramas,
irguiéndose
y
bailando en busca del alimento de la luz y el sol del volumen.
No es pues casual que -dado este reflejo del mundo
secreto de las planta tenga que ser la madera .
el material que exclusivamente conforme estas obras.
El
noble
linaje
de
la
madera,
con
sus
venas
y
arterias
de
savia
petrificada,
comola
carne
y
la
piel perfectas. Maderas de ébano, de arce, de fresno, de palo rosa...
colores y olores que nos traen la melodía dormida de unos bosques encantados.
Seguramente
esa
voluntad
enmarañada
y
curva
que
las
posee
no
puede
sertraducida
con
otros materiales, salvo quizás el hierro forjado. Pero incluso la
línea
metálica
domesticada
por
la
forja,
a
través
de
una
música
de
golpes
y
de
fuego,
no
alcanzaría
a
plasmar
el
aire
de
ligereza
y
livianidad
que
consiguecon
estas
esculturas.
Su
minuciosa
técnica
de
elaboración,
a
base
de
pegar
pacientemente
múltiples
y
finísimas
láminas
de
madera
unas
con
otras,
comosi
fuesen
las
capas
y
estratos
de
una
arqueología
vegetal y milenaria, les
confiere
igualmente
esa
soportable
levedad,
ese
aire
de
filigrana
y
chisporroteo
lineal,
que
tan
pronto
asciende
con
gesto
nervioso
por
las
paredes,
comose
tuerce
sobre
la
mesa,
expectante
y suspendido, a punto de iniciar otros nuevos pasos en el aire.
En
un
arte
tan
táctil
como
es
la
escultura,
el
tratamiento
de
las
superficiesadquiere
un
indudable
protagonismo.
La
piel
de
estas
obras
aparece
tratadacon
delicadeza,
con
moroso
cuidado.
Esa
piel que, como bien señalaba Paul
Valéry
acaba
convirtiéndose
en
lo
más
profundo,
refleja
un
alto
grado
de
acabado
y
claridad,
una
voluntad
de
extraer
la
belleza
intrínseca
del
material
-en
este
caso
la
madera-.
de
escuchar
su ¨música interior¨. Las superficies
pulidas,
delicadamente
texturadas
con
grafito
y
algunas
leves
insinuaciones
cromáticas,
provocan
en
el
espectador
el
deseo
de
tocarlas;
lo
que
viene
a
ser
algo
así
como
la
prueba
del
nueve
de
la
escultura.
Aquello
que
nace
para
el
ojo
busca
también
continuarse
con
la
extensión del tacto.
Tras
una
primera
mirada,
las
composiciones
de
Jacinto
Moros
podrían
aparecer
ante
nuestros
ojos
como
si
únicamente
fueses
objetos
abstractos,
despojados
del
deseo
de
representación.
Sin
embargo,
son
formas
a
las
que
igualmente
se
podrían
aplicar
las
palabras
de
Brancusi:
¨...
eso que llaman abstracto es lo más realista, porque lo que es real no es el exterior sino la
idea,
la
esencia
de
las
cosa¨.
Esencias
que
se
convierten
en
ecos
figurativos,
cuerpos
convulsos,
danzantes
y
ensortijados
que
se
retuercen,
se
elevan,
se
confunden,
se
desperezan
y
se
vuelven
a
enroscar
en
un
baile
de
línea
en
una
auténtica
coreografía
espacial.
Son
también
serpientes
encantadas,
volutas
de
humo
dibujadas
por
un
cigarrillo
ocioso,
ondas
acústicas
solidi-
ficadas,
cintas
de
colores
lanzadas
en
el
aire
por
alguna
niña
invisible,
columnas
caprichosas
de una arquitectura vegetal, vendas leñosas para
curar las heridas del viento...
D
e un punto a otro punto los caminos se rizan el pelo.
I
maginaos una bailarina hecha de savia petrificada.
B
osque encantado (de conocerte, línea).
U
na línea curva es la distancia más ebria entre dos puntos.
J
uegan los gatos-escultores con esta madeja de trazos.
A
guas de madera brotan de la fuente de los pedestales.
R
izos leñosos como el caballo de un árbol-querubín.
E
squeletos de humo congelado pueblan este camposanto.
N
avegan las líneas por las olas del plano.
E
l artista lanza sólidas volutas con su lápiz-cigarrillo.
L
íneas, líneas alocadas juegan por las calles del aire.
E
bano para no jurar en vano.
S
iluetas vegetales en una danza mineral.
P
iel de pared, tatuajes de madera.
A
bren despacio el espacio estos surcos dibujados.
C
horros de madera líquida corren por las paredes.
I
de línea.
O
rnamentos de fresno y arce para vestir el vacío.
Francisco Carpio
Abril de 2002
Como un poema dilatado en el aire
Texto catalogo exposicion Galeria May More, 2004
José Marín-Medina
En
la
primavera
de
2004
se
celebró
en
el
Jardín
de
Luxemburgo
de
París
una
exposición
de
escultura
al
aire
libre,
un
proyecto
con
formato
de
“campo
de
esculturas”,
con
el
título
de
L´éloge
de
la
nature
(Elogio
de
la
Naturaleza).
Entre
los
veinticuatro
artistas
invitados
estaba
Jacinto
Moros.
La
obra
que
lo
representaba,
Movimientos
líquidos
,
más
que
una
escultura
en
sí
misma,
era
la
creación
de
un
paisaje
escultórico
suponía
una
ocupación
y
una
sensibilización
individual
del
espacio,
una
utilización
refinada
del
jardín
para
tratar
sobre
energías
y
formas
de
la
Naturaleza
a
través
de
una
estructura
de
madera
integrada
por
ocho
piezas
cuyas
caras
se
combinaban
gradualmente
al
paso
del
contemplador,
dominadas
por
la
sinuosidad
de
sus
líneas
onduladas.
Su
desarrollo
se
levantaba
y
expandía
en
el
aire
como
un
poema
dilatado,
un
poema
de
espíritu
barroco,
que
trataba
de
acceder
a
un
espacio
ilimitado
y
de
hacer
asequible
lo
infinito,
o
sea,
ese
misterio extraviado en el caos de la infinitud.
Ese
mismo
concepto
de
escultura
construida
como
un
poema
que
se
escribe
al
ir
desarrollándose
a
línea
de
su
dibujo
en
el
aire,
situándose
la
obra
en
esa
elegante
e
interesante
zona
límite
que
hay
entre
diseño,
escultura,
arquitectura
e
inclusive
pintura
-
territorio
de
fricción
entre
el
objeto
escultórico
autónomo
y
el
relato
de
unos
cuerpos
y
de
unas
energías
en
constante
mutación-,
digo
que
esa
misma
poética
es
la
que
ahora
vemos
alentar
en
las
obras
integrantes
de
esta
exposición
que
la
Galería
May
Moré
ha
dedicado
en
Madrid
a
Jacinto
Moros
en
este
invierno
de
2005.
Se
trata
de
unas
obras
insistentes en la peculiar deriva fugitiva que caracteriza al barroco actual, al neobarroco.
Desde
luego,
Jacinto
Moros
puede
inscribirse
en
la
actual
generación
de
escultores
que
llamamos
neobarrocos,
los
cuales,
desde
finales
de
la
década
de
1980,
mantienen
su
punto
de
mira
orientado
en
una
dirección
doble
y
antagónica:
la
del
proceso
abierto
por
la
nueva
abstracción
geométrica
(postminimal)
y
la
de
la
atención
recuperadora
del
barroco,
entendiendo
“el
barroco”
ya
no
como
un
estilo
o
manera
que
pertenece
y
caracteriza
a
un
determinado
periodo
de
la
historia,
sino
como
una
categoría
estética
o
cualidad
formal
que
se
ha
producido
y
se
sigue
produciendo
a
lo
largo
de
todo
el
proceso de nuestra cultura.
Así
se
viene
entendiendo
desde
que
Omar
Calabrese
en
su
conocido
libro
L´età
neobarocca
(1987)
-edición
castellana
,
La
era
neobarroca
,
1989-
analizara
cómo
“el
neobarroco
es
un
aire
de
tiempo
(tiempo
turbulento,
fluctuante
y
desestabilizador)
que
invade
muchos
fenómenos
culturales
en
todos
los
ámbitos
del
saber
haciéndolos
familiares
los
unos
a
los
otros,
pero
que,
simultáneamente,
los
diferencia
de
otros
fenómenos
culturales
de
un
pasado
más
o
menos
reciente.
(…).
Consiste
en
la
búsqueda
de
formas
de
las
que
referimos
a
la
pérdida
de
la
integridad,
la
globalidad,
la
sistematización
ordenada,
a
cambio
de
la
estabilidad,
la
polidimensionalidad
y
la
mutabilidad”.
Siguiendo
esa
línea,
en
la
obra
de
J.Moros
vemos
mezclarse
la
estética
fría
(
cool
)
de
la
reducción
formal
y
del
lenguaje
geométrico,
con
la
voluntad
de
inestabilidad,
pliegue,
laberinto,
estado
de
metamorfosis
y
exceso
del
espíritu
barroco.
El
trabajo
de
J.
Moros
se
desenvuelve
entre
ambos
dominios
estableciendo
un
peculiar
equilibrio
dinámico,
al
tiempo
que
mantiene
un
sentimiento
ambivalente
entre
las
formas
estructurales
de
lo
geométrico
y
la
necesidad
de
representar
el
referente
temático,
que
en
esta
exposición
en
May
Moré,
es
-como
declara
el
título
de
la
muestra-
el
de
la
Energía
dibujada
.
La idea motriz que rige en la actualidad el proceso
de Jacinto Moros es la de capturar
momentos
de
energía
flexibilizando
la
materia
y
haciendo
sólido
el
movimiento.
Antes
el
interés
estaba
centrado
en
plasmar
en
imágenes
la
energía
cinética
de
las
formas
de
los
líquidos
concretizándolas
en
materiales
sólidos;
ahora
el
referente
energético
es
el
de
la
dinámica
o
sistema
de
fuerzas
de
las
corrientes
de
aire,
que
el
artista
trata
de
concretar
en
movimiento
prácticamente
puro
y
en
ritmo,
un
flujo
espacial
rítmico,
un
“ritmo
líquido”
-
en
palabras
del
escultor-.
Este
cambio
conlleva
una
alteración
en
el
proceso
-por
más
que
a
J.Moros
no
le
interese
evidenciar
el
proceso-:
antes
la
consideración
se
polarizaba
en
el
dibujo,
había
que
dibujar
más;
ahora
la
atención
está
en
la
forma,
procurando
sobre
todo
congelar
el
instante,
congelar
ondas
de
luz…
Antes
llegaban
a
aparecer
referentes
de
figura
(torsos,
cabezas);
ahora
predomina
la
fuga,
el
momento
de
mayor
fuerza
o
intensidad de una acción; o sea, la búsquedadelmayor grado de ingravidez posible.
La
sensación
de
naturalidad
que
se
desprende
de
estas
obras
se
corresponde
con
el
tratamiento
de
gran
sencillez
de
medios
que
se
les
aplica.
“Sencillez”
es
un
término
en
el
que
conviene
detenerse,
pues
se
dice
pertinentemente
de
una
cosa
que
es
sencilla
cuando
tiene
menos cuerpo que otras de su especie. En este sentido la escultura de
Jacinto
Moros
destaca
por
su
sencillez,
dado
su
carácter
aéreo,
al
consistir
en
una
estructura
ligera de materiales flexibles (láminas o tiras estrechas de fibra vegetal) que
crecen
y
que
se
van
acomodando
en
el
espacio
al
ritmo
de
unas
energías
determinadas.Sin
embargo,
esta
sencillez
y
liviandad
de
medios
no
niega
el
largo
proceso
de
su
elaboración.
El
material
ha
sido
y
sigue
siendo
un
elemento
plástico
importante
en
el
trabajo
de
J.Moros,
quien
sabe
muy
bien
que
el
arte
radica
en
un
núcleo
conceptual
y
en
una
visión;
ahora
bien,
para
que
ese
concepto
y
esa
visión
lleguen
a
formularse
comoobra
de
arte,
es
preciso
elegir
unos
materiales
que
den
cuerpo
a
esa
obra,
y
aplicarles
una
determinada
tecnicidad,
en
consideración al propósito que se persigue.
La preferencia manifiesta de los escultores
vanguardistas por materiales de tipo industrial
ha alejado a la escultura moderna, en su conjuntode
materias tan cálidas y expresivas
como la madera, cuya talla cuenta en los orígenes mismos del acto escultórico. No faltan,
sin embargo, prácticas puntuales que testifican el
pape singular que ha jugado la madera
en el proceso moderno de la escultura, a partir de
determinadas construcciomuchas de ellas
policromadas- cubistas, futuristas,
dadaístas y expresionistas realizadas en
a
década
de
1910
por
Picasso,
Laurens,
Archipenko,
Lipchitz,
Fortunato
Depero,
Giacomo
Balla,
Vladimir
Baranoff-Rossiné,
Arp,
Brancusi,
Kurt
Schwitters
y
Kirchner.
A
su
vez,
y
por
lo
que
respecta
a
la
escultura
de
la
modernidad
en
España,
en
los
últimos
años
han
realizado
obra
en
madera
una
serie
de
escultores
renovadores,
como
Eduardo
Chillida,
Moisés
Villelia,
Navascués,
Camín,
Ibarrola,
Adolfo
Schlosser,
Mitsuo
Miura,
José
Ramón
Anda y Francisco Leiro.
En
la
misma
línea,
pero
con
caracteres
propios,
solo
suyos,
cuenta
ahora
la
propuesta
de
Jacinto
Moros
,
La
singularidad
de
Moros
en
cuanto
al
material,
arranca
del
hecho
de
que,
si
en
un
principio
utilizó
la
formica
es
decir,
un
conglomerado
tratado
de
manera
industrial,
seguidamente
ha
creado
unos
laminados
de
finas
planchas
realizados
de
modo
artesanal,
en
los
que
suele
combinar
capas
de
fresno,
ébano,
palo
de
rosa
y
arce.
A
través
de
esta
técnica,
produce
una
banda
de
madera
cuyo
perfil
evidencia
la
variedad
de
textura
y,
sobre
todo,
de
color
de
sus
componentes,
al
tiempo
que
vibra
visualmente
de
manera
particular.
Siendo
todo
manual,
Jacinto
Moros
recurre
ahora
a
la
apariencia
de
la
formica
para
subrayar
el
concepto
iindustrial
que
subyace
en
su
poética.
Con
ese
procedimiento
tan
sofisticado
y
con
el
efecto
de
pintar
al
óleo
ocasionalmente
las
superficies
de
la
cinta
con
colores
brillantes,
consigue
acercar
y
hacer
que
dialoguen
los
conceptos
de
escultura,
pintura
y
diseño.
Asimismo,
con
estos
laminados
el
artista
proyecta
arquitecturas
aéreas,
cristalinas,
y
paisajes
imaginarios
cuyos
dibujos
representan
recorridos
de
flujos
de
agua
y
direcciones
de
corrientes
de
aire,
logrando
que
las
esculturas vengan a ser metáfora del proceso del tiempo y de la transformación.
Escultura de orden rítmico y arquitectónico -hasta el
punto de que en ella encontramos
todo un ciclo de pequeños formatos inspirados en
la figura de construcciones célebres,
como los exteriores de los museos Guggenheim de
Nueva York y de Bilbao-, y escultura
asimismo
inspirada
en
una
información
formal
de
energías
naturales,
las
obras
de
Jacinto
Moros
se
configuran
como
cuerpos
armónicos
dominados
por
el
espacio
libre,
por
el
hueco,
de
líneas
de
dibujo
en
constante
mutación,
escritas
como
partituras
musicales
profundamente
abstraídas,
integradas
por
diferentes
y
sutiles
capas
de
materia,
tan
ligeras
que
se
cimbrean
y
vibran
como
un
sonido,
como
un
silencio
ajustado
en
el
tiempo,
como
una
música
callada
referida
a
leyes
del
universo.
Expresión
de
lo
intangible,
son
obras
que
gravitan
en
el
polo
de
la
Naturaleza,
manteniendo
un
concepto
de
despliegue
en
el
espacio,
así
como
un
propósito
de
exploración
polisensorial,
conociendo
que
-como
decía Einstein-“la manifestación del espacio no se puede separar de los cuerpos”.
José Marín-Medina
Diciembre de 2005
La importancia del aire
T
exto catalogo exposicion , Galeria May More, 2010
Mariano Navarro
Uno
de
los
giros
vertebrales
experimentados
por
la
escultura
en
las
primeras
décadas
del
siglo
XX
tuvo
como
protagonistas
a
Pablo
Picasso
y
Julio
González.
Los
conocimientos
técnicos
de
González
incorporaron
como
material
el
hierro,
hasta
entonces
limitado
a
la
fabricación
de
herramientas,y
como
técnicas
la
forja
y
la
soldadura
autógena;
Picasso,
a
su
vez,
trasladó
algunos
de
los
conceptos
plásticos
del
cubismo
a
la
generación
de
volúmenes
mediante
líneas.
De
esa
forma
surgió
lo
que
González
denominó
“dibujar
en
el
espacio”,
es
decir,
componer
sus
figuras
mediante
juegos
de
rectas
y
curvas
que
trazan
su
sentido en el aire y originan o complementan los volúmenes con el vacío.
De
aquella
raíz
proceden
los
elementos
conceptuales
preeminentes
en
el
quehacer
de
Jacinto
Moros.
Él
también
dibuja
en
el
aire
sus
figuras,
en
este
caso
puramente
abstractas,
y
lo
hace,
además,
insuflando
nuevas
posibilidades
técnicas
en
un
material
sino
extraño
a
la
escultura, que no lo es, sí que revelador de proximidad a lo modesto y natural.
Un
rasgo
es,
eso
sí,
definitorio
de
una
actitud.
Moros
explora
e
investiga
exclusivamente
sobre
la
línea
curva,
sobre
todas
aquellas
posibilidades
que
su
continuidad,
discontinuidad,
contraposición
vertical
u
horizontal,
contigüidad
y
giros,
alternancia,
superposición
y
desplazamiento
deparan.
Puede
decirse
que
entre
los
miles
de
dibujos
y
bocetos
que
ha
realizado
a
lo
largo
de
casi
tres
décadas
de
presencia
pública
no
cabe
posibilidad
alguna
de
hallar
una
línea
que
no
sea
curva
y
empiezo
a
pensar
que
tampoco
cabe pensarque se agote su inventiva ni que se cierre
definitivamente su desarrollo.
Del
mismo
modo
que
su
labor
tiene
algo
de
paciente
y
artesanal:
sobreponer
una
lámina
con
otra,
curvar
la
madera
en
un
ángulo
imposible
y
fijarla,
dar
a
luz
su
color
natural
o
sumarle
sofisticación.
Una
tarea
repetitiva
e
inacabable
que
no
produce
dos
piezas
iguales.
Cumple
el
artista
los
requisitos
que
expusiera
Zygmunt
Bauman
como
exigencias
del
arte:
se
ha
fijado
un
reto
nada
fácil
de
afrontar,
con
un
objetivo
que
cabe
calificar
de
inalcanzable
y
un
criterio
de
excelencia
al
límite
de
su
capacidad
de
cumplimiento.
Un
modo
de
intentar
lo
imposible.
Una
manera
de
habitar
la
incertidumbre,
dotándola,
pieza
a pieza, de evidencias.
Ciertamente,
los
trabajos
que
conozco
suyos,
fechados
todos
en
este
siglo,
señalan
una
evolución
que
se
inicia
con
formas
primarias
en
las
que
estimula
tanto
la
simplicidad
del
trazo
y
su
dinamismo
–diríase
que
son
piezas
con
una
velocidad
activa
y
puesta
en
marcha–,
como
la
sorpresa
ante
la
naturaleza
y
ductilidad
de
los
materiales
y,
en
el
que
cabe
considerar
un
apartado
singular
al
que
volveremos
luego,
su
riqueza
cromática,
que
no
elude
lo
decorativo,
pero
va
mucho
más
allá,
al
conferir
a
cada
obra
concreta
una
personalidad tan enigmática como singular.
En
un
segundo
momento,
del
que
hay
continuidades
explícitas
en
esta
exposición,
las
líneas
generan
su
propio
espacio,
cual
si
tuviesen
una
voluntad
única,
la
de
hacer
que
el
espectador
las
recorra
infatigablemente
en
sus
torsiones
y
vericuetos
para
desplazar
su
visión
más
allá
de
los
límites
físicos
y
generar
un
movimiento
interminable
que
o
bien
las
despliega
horizontalmente,
abriéndose
hacia
lo
infinito,
o
bien
las
dota
de
una
mágica
ingravidez que parece elevarlas, cual criaturas sin peso, hacia los confines del aire.
Los
suyos
son
espacios
en
generación
y
a
la
vez
en
expansión.
Así
lo
atestiguan,
por
ejemplo,esas
obras
nuevas
en
las
que
los
volúmenes
son
compactos
y
en
las
que,
a
veces,
una
misma
configuración
depara,
según
se
la
disponga
y
ubique,
formas
diferentes
y
diferenciadas.
En
éstas
el
color
desempeña
un
papel
principal,
que
actúa
a
un
mismo
tiempo
como
elemento
de
extrañamiento,
que
las
inviste
de
una
voluntaria
artificiosidad,
y
como
una
piel metalizada que acentúa su carácter objetual.
El
color,
ya
lo
anticipábamos,
es
consustancial
a
la
propuesta
escultórica
de
Jacinto
Moros.
Uno
de
sus
ingredientes
de
mayor
peso.
De
él
depende,
por
ejemplo,
la
dudosa
consistencia
metalizada
que
adquieren
muchas
de
sus
obras.
También,
por
el
hecho
de
que
la
superposición
de
láminas
deje
líneas
en
el
espesor
constituido
de
la
madera,
se
genera
un
diálogo
entre
color
superficial
y
lateral
que
acentúa
la
movilidad
y
vibración
de
la
obra.
Tanto
los
cambios
de
superficie
a
lo
largo
del
recorrido
de
las
láminas,
como
las
líneas
oscilantes
de
los
costados
impulsan
la
condición
dinámica
de
las
esculturas.
Se
diría
que no pueden estarse quietas.
En
esta
ocasión,
aunque
algunas
piezas
exhiben
la
cromía
de
las
maderas
que
la
constituyen,
el
color
dominante
es
un
rojo
encendido
y
luminoso,
entreverado,
que
contribuye
decisivamente
a
esa
presencia
que
es
en
todas
ellas
y
al
unísono
inestable
y
lógica, frágil e interminable, literal y metafórica.
Paradójicamente,
sin
embargo,
toda
su
obra
estampada
hasta
la
fecha
es
blanco
sobre
blanco
al
modo
de
relieves
que
imprimiesen
el
volumen
hasta
entonces
invisible
de
la
luz.
Y
hay
una
tan
extraordinaria
como
convincente
coherencia
en
el
tránsito
de
los
grabados
a
las formas compactas y de éstas a las móviles y refulgentes piezas de pared o de peana.
No
he
aludido
hasta
el
momento
al
significado
o
a
la
imagen
que
proyectan
las
esculturas
y
otras
obras
de
Jacinto
Moros.
Se
ha
señalado
su
correspondencia
con
ritmos
acuáticos,
la
impronta
naturalizada
de
sus
piezas
de
exterior,
también
sus
íntimas
conexiones,
a
veces,
con
la
arquitectura.
No
desmiento
ninguna,
ni
mucho
menos,
ya
he
nombrado
antes
lo
metafórico
de
su
presencia,
pero
quisiera
subrayar,
porque
me
parece
esencial
y
valiosa,
su
filiación
a
conceptos
inherentes
a
lo
orgánico
abstracto
y
a
la
gramática y sintaxis que encauzan. Por decirlo llanamente, sus formas generan las
que
siguen
y
proceden
de
la
primera
que
trazó
en
una
genealogía
que
lo
es
tanto
de
experiencia como del conocimiento.
Mariano Navarro
Agosto de 2010
PACO BAENA
Si pudieras, escribirías:
Palomar en el bosque
Lectura de una ráfaga
La
floresta
está
apenas
encrespada,
ráfagas
veloces
agitan
el
follaje.
El
señor
Palomar
de
pie
en
la
linde
mira
una
rama
movida
por
el
viento.
No
está
absorto
en
la
contemplación
de
las
ráfagas.
No
está
absorto
porque
sabe
lo
que
hace:
quiere
mirar
una
ráfaga
y
la
mira.
No
está
contemplando,
porque
la
contemplación
necesita
un
temperamento
adecuado,
un
estado
de
ánimo
adecuando
y
un
concurso
adecuado
de
circunstancias
exteriores;
y
aunque
el
señor
Palomar
no
tiene
nada
en
principio
contra
la
contemplación,
ninguna
de
las
tres
condiciones
se
le
da.
En
fin,
no
es
el
viento
lo
que
pretende mirar, sino una ráfaga singular, nada más [...]
Lo
dejas
ahí.
Italo
Calvino
eligió
la
playa,
una
ola.
En
la
superficie
del
mar
se
espejea
en
toda
su
extensión
el
puro
presente.
De
ahí
la
imposibilidad
del
proyecto
del
señor
Palomar.
No
hay
ninguna
memoria
allí
(ésta
queda
depositada
en
el
fondo,
o
en
la
orilla).
En
el
mar
la
acción
del
viento
besando
la
superficie
de
las
aguas
converge
con
el
empuje
de
las
corrientes
submarinas
para
producir
las
olas.
Estas,
así,
reflejan
conjuntamente
las
dos
fuerzas,
que
actúan
en
perfecta
sincronía
y
comparten
la
misma
duración:
el
esquivo
instante del desenvolvimiento hacia la desaparición.
En
el
bosque,
en
cambio,
ante
la
superficie
de
la
fronda,
observando
las
copas
de
los
árboles,
podrías
anotar
un
desfase
que
no
se
produce
en
la
playa.
El
viento
sobre
ese
mar
de
hojas
sería,
sí,
el
mismo
que
esculpe
por
su
cara
superior
las
olas.
Pero
lo
que
las
empuja
desde
abajo,
desde
el
interior
de
la
masa
forestal,
obedece
a
un
ritmo
mucho
más
demorado,
a
una
lentitud
que
hace
que
la
confluencia
de
las
fuerzas
sólo
pueda
observarse
en
la
profundidad
del
tiempo,
no
en
la
inmediatez.
Lo
cual,
además,
produce
un
efecto
particular,
pues
dicha
confluencia,
en
colaboración
con
la
acción
de
otros
agentes (la luz), conforma la estructura general de las copas y el dibujo particular de cada
rama, orienta el propio cuerpo de los árboles.
Claro
que
la
lentitud
del
trabajo
de
la
savia
hace
que
sólo
muy
torpemente
las
ramas
alcancen
la
viveza
de
las
brisas,
que
su
escritura,
siempre
demorada,
no
consiga
la
gracia
de
los
soplos
eólicos.
Sólo
las
plantas
de
más
raudo
crecimiento
consiguen
acercarse
en
los
tallos
más
tiernos
a
las
corrientes
del
aire.
Y
fue
su
imitación
por
los
artistas
la
que
dio
lugar
a
los
motivos
ornamentales
con
los
que
los
humanos
embellecen
sus
objetos
desde
los
tiempos
más
remotos
¿Cómo,
por
qué
decidió
Jacinto
Moros
devolver,
depuradas,
aquilatadas, sublimadas, las trazas sinuosas de las ondas a los listones de madera?
Hasta
donde
tú
sabes,
en
su
trabajo
siempre
han
estado
presentes
los
arabescos,
las
volutas,
las
líneas
rizadas
como
sus
cabellos.
Cuando
lo
conociste
(vivía
en
Madrid),
dibujaba
los
tirabuzones
por
medio
de
una
especie
de
tubos
o
arterias
que
"entraban"
y
"salían"
de
auténticos
colchones,
o
de
las
superficies
lisas
de
las
telas,
que
quedaban
"agujereadas" por la operación. Pero, aunque ya pugnaban por la tercera
dimensión
(que
"simulaban"),
de
hecho
se
mantenían
en
el
plano,
prolongando
a
manera
la
tradición
milenaria
de
la
decoración
de
inspiración
vegetal.
Luego
marchó
a
Nueva
York.
Y
a
su
vuelta
vino
ya
con
tiras
que
surcaban
el
espacio
tridimensional.
Lo
curioso,
sin
embargo,
fue
que
en
vez
de
usar
tubos
como
anunciaban
sus
pinturas
(ya
fueran
de
plástico,
pvc
o
metal),
en
vez
de
alambre
o
hierro
(como
cabría
esperar,
siguiendo
el
ejemplo
de
otros
escultores),
usara
la
madera.
Obrando
así,
de
hecho
estaba
proponiendo una nueva espiral, un bucle conceptual.
En
efecto,
lo
que
ofrece
entonces
es
un
interesante
recorrido,
un
trayecto
que
podríamos
resumir
en
tres
fases.
En
el
origen,
una
raíz,
un
rizoma,
un
tronco,
unas
ramas,
energía
fluyendo
y
evolucionando
en
volutas.
A
continuación,
por
obra
de
la
industria
maderera,
la
fabricación
de
tableros
manufacturados:
aglomerados
(a
partir
de
virutas),
contrachapados,
listones,
etc.
(La
materia
sigue
estando
viva
ahí,
pero
los
usos
que
se
hacen
de
ella
rara
vez
guardan
huella
de
aquellos
dibujos
caprichosos
del
viento
en
la
arboleda;
si
acaso
en
la
veta,
en
los
anillos
del
interior
del
tronco,
que,
sin
embargo,
pronto
devienen
en
signos:
de
calidez,
naturaleza,
confort.)
En
fin,
el
artista
somete
en
el
estudio
la
madera
a
torsiones
y
presiones
calculadas
para
volver
a
dibujar
las
curvas
naturales
del
principio, pero ahora estilizadas.
Jacinto
Moros
ha
tenido
que
inventar
la
técnica
precisa
para
llevar
a
cabo
su
tarea.
Pero, como lo demuestranlas esculturas que presenta en Valencia, lo ha conseguido.
Te
ha
propuesto,
entonces,
escribir
unas
líneas
para
el
catálogo
que
dará
testimonio
de
sus
propias
líneas
en
el
espacio.
Te
preguntas
cómo
dar
cuenta
de
ellas.
Y
decides
desarrollar
ese
paralelismo
ensayando
analogías
con
el
lenguaje.
También
el
cuerpo
de
la
lengua
se
torsiona
con
el
correr
del
tiempo,
describiendo
trayectos
sinuosos
y
figuras
ondulantes,
formas
que
Damián
Bayón
llamaba
en
espiral:
"no
sueltas,
sino
encadenadas
por
ritmos
que
parecen
salir
los
unos
de
los
otros",
arabescos
en
perpetuum
mobile.
El
tiempo
que
la
lengua
se
toma
para
ello
es
más
dilatado
aún
que
el
de
los
árboles.
El
aire
que
transforma
su
perfil
está
articulado
en
habla,
voz
en
el
transcurso
de
los
siglos.
Pero
el
resultado quizá sea similar.
Así que acudes a Joan Corominas y escribes:
Līnĕa
(‘raya’,
‘rasgo’,
propiamente
‘hilo
de
lino’,
‘cordel’
[derivado
de
līnum
‘lino’])
–
liña
(hacia
1250)
–
aliñar
(hacia
1260,
propiamente
‘poner
en
línea’,
y
luego
‘disponer,
arreglar’;
aliñado;
aliño,
mediados
del
siglo
XVI;
desaliñar,
1495...
/
linaje,
1209
(quizá
ya
1107), del catalán llitnage... / línea, 1490
Serpĕre
‘arrastrarse’
–
sĕrpens
–
serpiente,
1220-50.
Derivados:
serpentear,
siglo
XIX.
Serpentario;
serpentaria.
Serpentín,
siglo
XVIII;
serpentino,
principios
siglo
XV;
serpentina,
1490
Ŭnda
‘ola’,
‘onda,
remolino’
–
onda,
1220-50.
Derivados:
ondear,
1490;
ondina,
hacia
1830,
del
francés
ondine.
Ondular,
principios
siglo
XIX,
del
francés
onduler,
1798,
derivado
del
latín
ŭndŭla
‘ola
pequeña’;
ondulación,
1817;
ondulado,
ondulante.
Abundar,
1220-
50... / Inundar, hacia 1580... / Redundar, 1438
Etc.
Paco Baena
Noviembrede 2010
Belleza matemática
Texto catalogo exposicion, Galeria Víctor Lope Arte Contemporaneo, 2016
Bill Jiménez
El culto a la curva desarrollado por Jacinto Moros en su obra goza, como buena produ-
cción de sólidos fundamentos, de una textura prismática por la que se expanden las inter-
pretaciones y las ricas metáforas. Un caleidoscopio que arroja lecturas formales como la
medida abstracción de sus gofrados o el juego de niveles que caracteriza a sus esculturas
de madera. A partir de estos dos núcleos creativos nace una poética en torno al movimi-
ento, donde las formas fluyen y el dinamismo recoge las principales virtudes de nuestra
tradición escultórica. Ya sea en un terreno como el plano, presente en su obra gráfica, o
en el desafío espacial de las piezas tridimensionales.
Estamos ante un trabajo meticuloso y experimentado en el que advertimos la paradoja
del movimiento sostenido, ese instante eterno que olvida su origen y sus posibles ramifi-
caciones, que aun siendo conceptos omnipresentes, no resultan condicionantes. Las obras
de Jacinto existen, viven en el momento, dialogan amablemente con quien las contempla
e incluso comparten sin vanidad la atemporalidad que las nutre. De ahí que dichas curvas,
protagonistas formales de su producción, se sientan igual de cómodas entre cálculos eu-
clidianos como entre las más valientes teorías relativistas.
Porque otra de las constantes sutiles en las obras de Jacinto son los diálogos que esta-
blecen ciencia y naturaleza. La ciencia, el proceso; la naturaleza, el árbol que muta en ma-
dera y, a su vez, se transforma en el papel que también ejercerá de materia prima. Giros
procedimentales tan fluidos como los tirabuzones que describen sus esculturas, en las
que la inspiración de Jacinto las impele como un motor de reacción y los materiales compo-
nen unas estelas en las que identificamos las medidas humanas o el comportamiento de la
energía al interactuar tanto con las superficies como con las fuerzas que rigen el universo.
La referencia a Bertrand Russell es casi inevitable cuando, al hablar de las matemáticas,
insistía en, no solo en la verdad inherente a ellas, sino también en la belleza suprema que
representan. En sus palabras, “una belleza fría y austera, como aquella de la escultura, sin
apelación a ninguna parte de nuestra naturaleza débil, sin los adornos magníficos de la
pintura o la música, pero sublime y pura, y capaz de una perfección severa como solo las
mejores artes pueden presentar. El verdadero espíritu del deleite, de exaltación, el sentido
de ser más grande que el hombre, que es el criterio con el cual se mide la más alta exce-
lencia, puede ser encontrado en la matemática tan seguramente como en la poesía."
Naturalmente, los cálculos de Jacinto van más allá de la belleza fría y austera de Russell
al añadir a sus obras la dimensión humana y sublime implícita al color. Humana en la viveza
que exhiben las esculturas, sublime en el blanco puro que gobierna el resto de piezas,
donde, como ocurre con la propia vida, su crecimiento depende de una luz exterior. Como
proyecciones del alma, cada curva representa a una pulsión, los virajes a los que nos
suelen llevar las contradicciones, a los ciclos naturales, a las simetrías y, finalmente, a los
ascensos y descensos que caracterizan a cualquier búsqueda de respuestas y el tan deseado
libre albedrío.
Bill Jiménez
Abril 2016
______________________________________________________________________________________________________________________
______________________________________________________________________________________________________________________
______________________________________________________________________________________________________________________
______________________________________________________________________________________________________________________